Orson Welles y la fascinación por Ronda Publicado septiembre 29, 2015

“Un hombre no pertenece al lugar en el que nace, sino a dónde elige morir”

Nos gustaría conocer el misterio que esconden lugares como Ronda, pero tal vez si lo supiéramos dejarían de interesarnos.

Hablamos de viajeros cuyo nombre ha pasado a la historia por uno u otro motivo porque a través de ellos se puede llegar a la conclusión de que ese secreto que alienta la fascinación por Ronda, no tiene que ver con la tendencia a creer que el lugar en el que hemos nacido es el mejor del mundo. No, en el caso de esta ciudad su capacidad de seducción es internacional y atemporal.

Orson Welles realizó su último y definitivo viaje a Ronda el ocho de mayo de 1987, casi dos años después de su muerte, para morar definitivamente en el pozo de la finca de los Ordóñez, “Recreo de San Cayetano”, unas cenizas dentro de un frasco, protegido en un arca de madera y que había viajado desde California en un saco azul.

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Hacía ya cincuenta años de la primera vez que el director, guionista y actor de cine vino a España, cuando sólo tenía 17 y se instaló durante cuatro meses en el barrio sevillano de Triana. Ya entonces compartió cartel en alguna becerrada sin picadores con el actor José Nieto. En aquellos tiempos jóvenes, un chaval alto y delgado, sin la corpulencia que luego le dieron los años y la buena mesa.

Como Hemingway, el joven Welles tomó partido por la República Española durante la Guerra Civil a través de ese medio que tan bien conocía, la radio, en su programa “El tiempo marcha” concienciando a intelectuales y convenciendo a brigadistas. Ambos artistas se conocieron en el verano de 1937, con motivo del doblaje de “Tierra de España”, película de la que fueron guionistas John Dos Passos y el propio Hemingway. El director decidió contratar a Orson Welles para realizar la locución de la cinta que no fue del agrado del escritor hasta el punto de terminar a silletazos y finalmente brindando con una botella de whisky.

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Los toros y el cine fueron los dos centros de interés que trajeron a Welles a España, quizás también las mujeres, no en vano se enamoró de la imagen de la hija de un bailarín sevillano en la portada de la revista “Life”, Margarita Carmen Cansino, conocida como Rita Hayworth, con la que contrajo matrimonio.

Su afición taurina− Welles aseguraba sobre la fiesta de los toros que “es indefendible e irresistible, una tragedia dividida en tres actos”− le llevó a las plazas de toros, sobre todo entre 1956 y 1961, con su habitual puro en la boca, estaba en la barrera de cualquier plaza con la cámara que inmortalizaría las faenas de Antonio Ordóñez y otros toreros que se editaron como documentales por la RAI, la televisión italiana, la BBC británica y la ABC estadounidense.

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Miguel Martín retrata a Welles en la puerta de la plaza de la Real Maestranza de Ronda. Ahí está, junto a Antonio Ordóñez y Julio Aparicio en la corrida Goyesca del nueve de septiembre de 1964, con su aspecto de vaquero alto y fuerte como el John Wayne de “El hombre que mató a Liberty Valance”.

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